Como todas las buenas historias, ésta comienza con una llamada un sábado por la noche. Caminaba por las calles del centro de Los Angeles, buscando una dirección que me habían enviado esa misma mañana, junto con un teléfono y ciertas instrucciones. Encontré la dirección  indicada en un edificio residencial. Desde la banqueta iluminada por un gran ventanal me asomé en busca de algún tipo de movimiento, pero nada. Me cubrí lo mejor que pude de la lluvia y saqué al fin el celular:

      – Uh, hi. I’m looking for Cortez?
      – Are you downstairs?
      – I think so.
      – I’ll be right there.

Así empezó mi experiencia en Wolvesmouth.

 

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Hace unas semanas estaba haciendo compras en el Mercado de Medellín para una cena que iba a preparar esa noche. Algo que me gusta mucho hacer es ir al mercado sólo con una vaga noción de qué voy a cocinar y más bien dejar que los productos que encuentro me vayan dando ideas.

Así fue que pasé por la pescadería – se me antojaba un pulpo, pero no estaba fresco – y me ofrecieron unos mejillones. Inmediatamente me vino a la cabeza intentar hacer el plato de Anona que me encanta, y corrí a buscar tomatillos. Los escogí uno por uno para llevarme el tamaño ideal (como uvas verdes) y todos del mismo tamaño, para que la cocción fuera pareja.

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Cada año, la revista inglesa Restaurant, patrocinada por la maraca S. Pellegrino, publica una lista con los 50 mejores restaurantes del mundo. En 2013, crearon una lista similar enfocada en Latino América, con el fin de poner más atención a los grandes cambios que están sucediendo en la escena gastronómica de esta región. Ayer fue la ceremonia de premiación 2014, y les voy a platicar sobre los resultados.

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